Aburrirse está bien: El superpoder del tiempo libre

Hay una pregunta que se volvió casi automática en vacaciones:
—¿Y ahora qué hacemos con los niños?
Y detrás de esa pregunta aparece otra, más silenciosa: ¿por qué sentimos que cada minuto tiene que estar ocupado?
Hoy pareciera que el aburrimiento fuera un enemigo. Si hay cinco minutos libres, buscamos una pantalla. Si un niño dice “me estoy aburriendo”, corremos a llenar el espacio con actividades, cursos, videos, salidas o entretenimiento inmediato.
Pero… ¿y si el aburrimiento no fuera un problema?
¿Y si fuera una puerta?
Porque muchos de nosotros crecimos en una época donde aburrirse era parte del plan.
No había programación infinita ni contenido personalizado. Había tardes largas. Ventanas abiertas. Vecinos. La cuadra. El patio. El techo de la casa. El perro. Los primos.
Y cuando decíamos:
—“Mamá, me aburrí”.
La respuesta muchas veces era:
—“Tranquilo, que yo aquí tengo oficio para que se desaburra”.
Y curiosamente… en ese instante uno recuperaba la creatividad.
Porque antes de terminar organizando cajones, doblando ropa o ayudando a barrer, salíamos corriendo a encontrar algo más interesante que hacer.
Y funcionaba.
Cuando no había nada… aparecía todo
De ese “no hay nada que hacer” nacían cosas maravillosas.
Construíamos casas con sábanas.
Jugábamos a las escondidas hasta que oscurecía.
Convertíamos una caja en un carro, una espada o una nave espacial.
Armábamos campeonatos imaginarios.
Jugábamos con canicas, trompo, cartas, balones medio desinflados.
Inventábamos recetas imposibles.
Leíamos revistas viejas.
Hacíamos dibujos.
Mirábamos las nubes tratando de encontrar formas.
Nos acostábamos en el piso.
Nos sentábamos en la acera a hablar de cualquier cosa.
Y nadie lo llamaba estimulación temprana, mindfulness o desarrollo creativo.
Solo era infancia.
Padres: no les resolvamos todos los silencios
Hay algo que cuesta aceptar: nuestros hijos no necesitan estar entretenidos todo el tiempo.
Porque cuando alguien siempre recibe estímulos, deja de crear.
El tiempo libre no es tiempo perdido.
Es el espacio donde aparecen preguntas, ideas y pequeños descubrimientos.
Ahí nacen frases como:
- “Voy a hacer una obra de teatro.”
- “¿Y si armamos una tienda?”
- “Quiero aprender a dibujar.”
- “Se me ocurrió una historia.”
- “¿Y si construimos algo?”
El aburrimiento muchas veces no es vacío.
Es una pausa antes de que aparezca algo nuevo.
El permiso de no hacer nada
Y aquí viene una idea que tal vez necesitamos escuchar tanto niños como adultos:
No hacer nada por un rato también está bien.
No como abandono.
No como desinterés.
No como castigo.
Como descanso.
Diez minutos mirando por la ventana.
Veinte minutos acostados sin una pantalla.
Media hora caminando sin audífonos.
Un momento para que el cerebro deje de correr.
Para que las ideas respiren.
Para reiniciar las neuronas.
Para escuchar nuestros propios pensamientos.
Porque cuando todo está lleno de ruido, dejamos de escucharnos.
El aburrimiento también puede ser una brújula
A veces creemos que descubrimos quiénes somos cuando hacemos muchas cosas.
Pero también nos encontramos cuando dejamos de hacer.
En esos espacios vacíos aparecen gustos que no conocíamos, preguntas que nunca habíamos hecho y pensamientos que normalmente quedan tapados por el ruido.
Tal vez por eso el aburrimiento incomoda tanto.
Porque nos deja frente a nosotros mismos.
Y ahí, justo ahí, empieza algo importante.
Estas vacaciones tal vez no necesitamos llenar cada hora.
Tal vez necesitamos recuperar algo que ya sabíamos de niños:
Que una tarde libre puede convertirse en aventura.
Que el silencio también enseña.
Y que aburrirse, por momentos… puede ser el inicio de descubrir nuestro propio mundo interior.
Esta entrada de blog fue escrita por Sergio Ortiz, Coordinador del Departamento de Armonía

